lunes, 12 de octubre de 2015

Daisy Miller, el retrato de una joven singular


Henry James redactó la novela breve Daisy Miller en el invierno de 1877-1878 en Londres. Se trata de un relato construido de un modo clásico: empieza con la presentación de los dos personajes principales, Daisy Miller y Winterbourne en la orilla del lago suizo en Vevey, y continúa en Roma donde se desarrolla la psicología de los personajes para terminar en el lugar donde empezó. De la mano del maestro James esta estructura resulta muy elegante, además da la impresión de que es la que le conviene a la historia que se cuenta: en la vida de Winterbourne lo sucedido a Daisy Miller puede ser aislado, contado como una fábula, un suceso trágico inolvidable.


André Derval escribe en el prefacio que el personaje Daisy Miller constituye un prototipo psicológico de la joven americana del que surgieron muchas variaciones. A diferencia de Derval, pienso que el carácter de la señorita Miller pudo ser considerado un ejemplar, pero que ya no lo es. Hay tipos literarios, y lo son porque no caducan; sin embargo, creo que el modelo que ella representa no funciona en el mundo actual, en la parte donde los seres humanos se comportan con libertad.

Al igual que en la mayoría de las novelas de este autor, los americanos son los protagonistas, y  en ésta forman un grupo social bastante numeroso y cerrado en el extranjero. Se alojan en el mismo hotel en Suiza o se buscan y reúnen en la capital romana. Su equipaje incluye las normas de su país: cómo debe comportase una joven, el trato que se le debe a un criado, dónde y a qué hora pasear, las relaciones que se tienen con los lugareños. Son pautas no escritas que toda persona de buena crianza debería conocer. Daisy Miller y su madre son consideradas vulgares porque no se comportan con las restricciones debidas. Cuando Winterbourne conoce a Daisy, le sorprende su belleza y su actitud desenvuelta, desprovista de los modales habituales que una joven de buena sociedad muestra ante un desconocido. Al joven le choca y atrae al mismo tiempo la ingenuidad de su actitud, su manera de hablar de sí misma, de expresar sus deseos a un desconocido.

Es precisamente esa diferencia la que no es considerada selecta ("select" en inglés) sino vulgar porque no respeta la identidad de grupo distintiva de los americanos educados que hacen el "tour" europeo. Y no se trata de que no tengan estas mujeres gusto en el vestir, que es exquisito tal como reconoce extrañada la muy distinguida tía de Winterbourne; tampoco de que les falte ingresos, pues el padre de familia es un empresario exitoso. Pero no saben comportarse: el hermano pequeño de Daisy, tiene nueve años, no recibe instrucción, se acuesta demasiado tarde, habla cuando no se le pregunta, pero tampoco la madre y la hermana tienen el baño de una educación artística o intelectual propia de su clase económica. Sorprende al lector hasta qué punto es así cuando Henry James le hace declarar a la señora Miller que Zurich es más bella que Roma. La actitud de Daisy es, no obstante, encantadora y desconcertante a los ojos de Winterbourne: no ignora ni oculta su ignorancia, es toda candidez, no comprende como sus deseos, que no causan daños a otros, pueden ser una razón para que se le dé la espalda aunque tampoco parecen importarle el rechazo y las críticas.

¿Es desafiante la conducta de Daisy? No lo parece, y no lo es: Daisy actúa según su capricho, su madre se lo consiente y ella siente más bien que son los demás quienes la desafían. No precisa Daisy seguir las reglas del grupo de americanos para ser o sentirse americana. Ella disfruta de Roma sin preocuparse de los demás, son los demás quienes se ocupan de ella y no quieren comprenderla. Winterbourne sí que parece entenderla, la defiende lacónicamente en cuanto oye un comentario mordaz sobre ella. No obstante, Winterbourne duda de su "reputación": le atraen su espontaneidad, sus comentarios libres de prejuicios convencionales, pero le choca lo que se dice de ella, lo que ella misma dice de su vida en Nueva York, por ejemplo que recibía muchos señores que sabían distraerla. Sabe que la inocencia de Daisy es auténtica; pero se sorprende y no comprende cómo no se percata de la imagen de coqueta ("flirt") que genera.



Hoy en día, una joven hermosa que disfruta de los bienes que tiene no nos parece reprochable, si su comportamiento es distinto, lo juzgamos aún mejor, apreciamos la diferencia. De hecho, los jóvenes buscan ser diferentes, hemos pasado por "el ideal de autenticidad" que nos ha encaminado hacia la búsqueda de la distinción. Ser distinto es ser uno mismo, auténtico, pero en el último tercio del s. XIX, ese afán de la diferencia era considerado vulgar. Y vulgar ha llegado a ser cien años después cualquiera que se atiene a lo que hay, que no reniega de los modos habituales, que se conforma con las identidades formadas y no las considera grilletes que impiden su autorrealización.

El caso de Daisy Miller sigue un patrón diferente, de ahí que Winterbourne destaque más de una vez su inocencia: ella no tiene interés en rechazar al grupo exclusivo de los americanos, tampoco critica sus costumbres. Por ejemplo, al principio del relato, reconoce como un rasgo que podría imitar que padecer migrañas como la tía de Winterbourne es un signo de distinción. En Roma, consigue que su nuevo amigo italiano sea invitado a una fiesta "americana". Si por ella fuera estaría alternando su vida "libre" con la vida social de sus compatriotas. Pero son estos los que le cierran las puertas.  Y Daisy es realmente diferente, su atractivo personal crece para Winterbourne cuando la observa infringir reglas tácitas de conducta adecuada para lograr su objetivo que es simplemente disfrutar, y decrece cuando considera su ceguera a esas reglas y su renuencia a seguir cualquier consejo.

El tipo psicológico que ilustra Daisy Miller no puede convertirse en un modelo estable en el tiempo porque el suyo depende de las normas y valoraciones y de una sociedad determinada. El horizonte de significaciones que compartían los miembros del grupo social desde el que se juzgaba a la joven ha desaparecido y sin él el prototipo que representa Daisy Miller pierde vigencia. La fuerza de un tipo o su actualidad no depende de una época. El s. XIX nos ha legado unos cuantos arquetipos: pensemos en Madame Bovay que ha dado lugar a una caracterización psicológica; Oblomov que retrata una clase de pasividad enfermiza; Casaubon (en Middlemarch) que representa el tipo de erudito estéril. Además, estos modelos perduran con variaciones a través del tiempo y cruzan fronteras; un ejemplo español es "Don Juan", que tiene su origen en El burlador de Sevilla de Tirso de Molina y cuya difusión se debe a José Zorrilla quien publicó en 1844 Don Juan Tenorio. Los tipos psicológicos generados por la literatura suelen comportar, tras múltiples variaciones, perfiles muy adelgazados que caben en una multiplicidad de personajes más complejos. Estos perfiles prototípicos satisfacen a nuestra imaginación y a nuestro intelecto que parece tender por naturaleza a producir generalizaciones. Cuando tienen su origen en la literatura, estas generalizaciones constituyen ilustraciones cultas y didácticas y, como tales, abrevian descripciones y favorecen una rápida comprensión del carácter de determinadas personas. Además, la atemporalidad de rasgos de carácter nos acerca a personas que vivieron hace mucho, pues poco importa la época, la clase social, lo que destacan es la continuidad de los vicios y virtudes de la condición humana.





lunes, 31 de agosto de 2015

Charla de Rafael Yuste: resumen y opiniones.


La Fundación Juan March ofrece la posibilidad de ver y escuchar conferencias y entrevistas de temas variados. El 22 de mayo de este año se celebró una conversación entre el científico español Rafael Yuste y Antonio San José. Se trata más bien de una entrevista del segundo al primero, y no le resta mérito a Antonio San José que acierta con las preguntas, pues están pensadas para que conozcamos al hombre, al científico y las condiciones de diversas índole en las que desenvuelve su tarea. Rafael Yuste es profesor en la Universidad de Columbia y dirige el proyecto "BRAIN", una investigación centrada en el funcionamiento de la corteza cerebral que adopta un nuevo medio, la luz, para descifrar el "lenguaje" de las neuronas, 

La entrevista que dura algo más de una hora es entretenida e interesante. Entretenida porque Rafael Yuste habla con claridad y brevedad; es dinámica y no sesuda. Y es muy interesante porque se refiere a una diversidad de cuestiones que sugieren muchas otras.

Rafael Yuste es médico y se ha dedicado a la neurobiología. En la entrevista parece que ese cambio de orientación se debe a dos estímulos que se refuerzan o complementan: el que nombra en segundo lugar es el de una práctica psiquiátrica que realizó durante la carrera. Nos cuenta que tuvo que entrevistar a un paciente que le pareció extremadamente inteligente, pero malo, moralmente deformado. Y añade que ojalá se conociese a fondo esa patología y se pudiese "cambiar el interruptor de abajo arriba", pues una mente así de brillante podría ser muy útil a la humanidad. El primer contacto con la ciencia del cerebro lo tuvo a los 14 años cuando su padre le regaló un libro de Ramón y Cajal. Este premio Nobel español es alabado una y otra vez a lo largo de toda la entrevista. Ramón y Cajal es el hombre que él hubiera querido conocer, es el ejemplo de investigador honesto que publicó en su revista el articulo de uno de sus estudiantes que no estaba de acuerdo con él, es el modelo de profesional que trabaja por vocación.

La vocación es tratada de modo transversal, como muchos otros asuntos, ya que el clima de la entrevista es distendido y cálido y quizás por eso es llamada "conversación". A ello contribuye también el murmullo de fondo del público: por ejemplo, en el minuto 57, esas personas que nunca se ven ríen cuando por enésima vez Rafael Yuste declara "no sé qué decirte"; y es que este director de un proyecto puntero en Norteamérica (y del mundo entero) suele expresar no lo mucho que sabe, sino confirmar cada poco todo lo que no sabe. Sobre la vocación Rafael Yuste se expresa diciendo que "lo llevas dentro", "te llena la vida",  es una pasión; insiste que "se parece más al artista" que al profesor universitario o al funcionario, 

La idea inicial y recurrente del cerebro ( o corteza cerebral) que nos transmite Rafael Yuste es la de una maraña de neuronas en permanente actividad que origina cualquier reacción o proceso mental y que nos distingue del resto de los animales. La imagen que adopta para hacerse entender es la de una pantalla de televisión: comprendemos lo que ocurre en la pantalla cuando vemos la totalidad, ver un pixel o un rincón de la pantalla no nos permite entender la película. El desafío al que se somete como investigador es contemplar la totalidad de la red neuronal; hasta ahora se ha analizado la singularidad de una neurona pero no se ha vista la pantalla completa. Rafael Yuste repite que el objetivo consiste en desarrollar todas las técnicas posibles para asistir al espectáculo de  las interconexiones de las neuronas que originan pensamientos, percepciones, emociones o ideas. Dormidos o despiertos, nuestro cerebro (o mente) está siempre activa; de hecho no hay diferencia en la actividad cuantitativa de las neuronas entre la vigilia y el sueño. El cerebro, dice Rafael Yuste, es un sistema emergente, resuelve todos los problemas que se puedan resolver; guarda similitud con la máquina de Turing que postula la resolución de un enigma, si este tiene solución se hallará aunque tarde.

El equipo que dirige Rafael Yuste es multidisciplinar en el marco de las ciencias experimentales y formales: trabaja con químicos, físicos, matemáticos, biólogos, pero también con ingenieros. Las técnicas son tan importantes como la teoría, insiste Yuste y se refiere también a Ramón y Cajal para hablar de la importancia que éste le concedía al método, o más bien, a la imaginación para crear nuevos métodos y adaptar aparatos de un campo a otra función. Yuste describe su laboratorio como un taller mecánico, en él hay piezas y herramientas para hacer y perfeccionar aparatos que permitan ver mejor, ver de otra manera y "oír" el lenguaje de las neuronas. Comenta que los tecnólogos son personas que suelen quedar en el anonimato y, sin embargo, su labor es tan importante como la del teórico.

Entre los minutos 41 y 43, Rafael Yuste dice: "no sabemos como funciona el cerebro", "no sabemos como funciona la inteligencia", "la inteligencia es como un coche que no sabemos como funciona". No es posible todavía explicar las diferencias de inteligencia entre dos personas; tampoco es posible determinar las razones de que una persona sea más inteligente que otra; respecto del sueño, existen varias hipótesis que explican su función, y hay muchas evidencias que confirman que no podemos vivir sin dormir. Pero lo que es el sueño no se sabe. A la luz de tanta declaración de ignorancia, las personas que sabemos todavía menos, estamos totalmente desorientados: ¿cómo valorar todo cuanto hay escrito sobre el pensamiento?

La entrevista toca otros temas, tratados con humor y desenvoltura. A continuación voy a escribir algunas preguntas y opiniones sobre tres temas: la vocación, la importancia del método y la relación entre ciencia y tecnología. La razón es no alargarme demasiado, pues me parecería muy interesante discurrir sobre el episodio estudiantil en el que nos da a entender que nuestra corteza cerebral puede tener unas conexiones específicas que dan lugar al bien y al mal. Es un tema complicado, que me excede, y que continuaría con lo iniciado por Antonio Damasio en El error de Descartes.

Respecto de la vocación, éste es un tema que se ha tratado en muchos relatos literarios. Con la lacónica caracterización de Yuste estarían de acuerdo todos aquellos que sienten esa pasión que les hace dedicarse a algo y encontrar tiempo y fuerza para superar las dificultades de investigar sobre ese "algo". Claro que si no se sabe cómo se originan los pensamientos a nivel neuronal, tampoco se puede saber si todo el mundo tiene una vocación. A algunas personas el interés sostenido y amoroso por alguna actividad se les aparece muy pronto en sus vidas y otros parecen que no tienen vocación. Pero ¿qué significa no tener vocación? ¿Quizás se trate de un encendido neuronal que no se produce en algunos cortezas cerebrales? Si no se conoce en qué consiste la inteligencia no hay respuesta, todavía. Me ha llamado la atención la conexión que realiza Rafael Yuste en el minuto 41 entre voluntad y vocación. Dice que la voluntad es "una cualidad que tenemos que cultivar como si fuera una planta" y que es importante para ese "fuego interno" que es la vocación. No menos llamativo es el lenguaje que emplea Yuste: más lírico que científico. Ante el desconocimiento, nos queda la metáfora.

Yuste no hace distinciones entre emoción, ideas y pensamientos y las personas corrientes sí las hacemos. También algunos filósofos. Un pensamiento cuaja en una idea. La idea parece gozar de una estabilidad cognitiva mayor que un pensamiento. Y las personas "corrientes" creemos que las emociones están adheridas a ideas o pensamientos. Es como si las ideas o pensamientos que más nos emocionan tuvieran un color llamativo, que atrae a otras conexiones o pensamientos. Donald Davidson es un filósofo que no distingue entre ideas y pensamientos, él prefiere hablar de creencias. Mientras escuchaba a Rafael Yuste me acordaba de él puesto que defiende que todas nuestras creencias poseen la suficiente coherencia. Me sugiere el siguiente pensamiento: cuando se produce un cortocircuito es que ha habido una percatación de carencia de coherencia; el individuo, sin darse cuenta del todo, origina una nueva creencia que elimina la distorsión o, dicho de otro modo, se origina un nuevo camino de luces entre neuronas. Al principio de la charla, Rafael Yuste dice que lo que nos hace humano es la corteza cerebral y que esta es "la materia más compleja del universo". Lo más misterioso es que seamos seres que buscan sentido, que la actividad neuronal tan rica y persistente de lugar a palabras, sonidos articulados, fórmulas que persiguen traducir lo que pasa en nosotros y fuera de nosotros, Si buscamos armonía, ¿habrá armonía también en todo el encendido cerebral? Hasta es posible que la física cuántica le sea de ayuda al grupo de investigación de Yuste, pues de una sola creencia se disparan otras muchas en distintas direcciones, a velocidades variadas.

Y aludo a esta parte de la física, que desconozco, porque conecta con otra aseveración de Yuste: la fertilidad de la interdisciplinariedad, pero sólo entre las ciencias empíricas y formales. Yuste no se acuerda o no le interesa las sugerencias que puedan aportar otros ámbitos del saber, tales como la filosofía. En esto se distingue de Paul Feyerabend que sostenía que cualquier metodología es válida con tal de conseguir que la ciencia progrese y rechazaba distinciones valorativas entre saberes. Yuste afirma también que los métodos deben ser revisados, plurales, pero "dentro de un orden": no pienso que Yuste esté de acuerdo con el "todo vale" de la epistemología anarquista, creo más bien que se mantiene en los límites de lo que es un "paradigma" en el sentido de Thomas Kuhn. Y lo pienso así porque Yuste echa en falta una jerarquía en el ámbito de la investigación sobre la actividad neuronal que se esta desarrollando en EEUU. En el minuto 15, se queja de la falta de vertebración del proyecto Brain. Nos cuenta que son muchos los laboratorios, pero no están coordinados, carecen de un núcleo central que organice todo el material, que reparta tareas, que estudie los avances y marque direcciones. Claro que si se supiera mejor cómo se vertebran las partes del cerebro, quizás una investigación a la imagen de ese modelo ofrecería unas fértiles sugerencias.

Me ha llamado la atención la insistencia de Yuste al escaso reconocimiento social e institucional que se les da a los tecnólogos (¡a veces dice técnica, otras tecnología!). Parece que se premia o está más valorada la ciencia que la tecnología pero, sin embargo, los ingenieros tienen un papel imprescindible en la investigación. Si no se está permanentemente diseñando nuevos ingenios para "oír" las neuronas, las fórmulas y las hipótesis se quedan en bruma, en conjeturas atractivas pero ineficientes. Y la misma técnica promueve problemas teóricos interesantes; hay una relación de circularidad entre ciencia y tecnología y ninguna de estas disciplinas tiene prioridad sobre la otra. Estas afirmaciones recuerdan los textos de Martin Heidegger y de Ortega y Gasset que discutieron si era posible establecer una prioridad en el tiempo para una de ellas: ¿será posible determinar quien impulsó a quien? Seguramente la ciencia y la tecnología son inseparables como lo son la coordinación entre ambas manos, y también es verdad que una mano bien experimentada hace las veces de las dos. Pero esa relación ya la afirmaron los dos filósofos y este tema ha quedado aparcado. La ciencia aboca a la tecnociencia, si esto no es así no hay progresos en la investigación, eso al menos me parece que afirma este genial neurobiólogo.

De lo poco que afirma que sabe Rafael Yuste, inferimos todo lo que sabe, que es mucho. Creo que nos queda a los oyentes las ganas de oír mucho más. Y no me extraña que el proyecto BRAIN haya entusiasmado a Barak Obama, pues el descubrimiento de cómo engendramos nuestros pensamientos es apasionante, y hasta da vértigo si fantaseamos acerca de sus ventajas y peligros.



viernes, 14 de agosto de 2015

A un Dios desconocido

Opinión sobre esta novela temprana de John Steinbeck publicada en 1933.

No podían ser más diferentes: los cuatro hermanos Wayne tenían un temperamento muy pronunciado. El más pequeño era incorregible, parecía que atraía los problemas y no podía resistirse a ninguna juerga. Es como si sus hermanos mayores no le hubieran dejado nada por cuidar: Burton se ocupaba de lo trascendente, Thomas de los animales y Joseph de la tierra, y los tres eran apasionados.

A un Dios desconocido es la historia de Joseph, el hijo cuyo padre le confesó que veía una fuerza especial en él.  Joseph se fue del hogar paterno porque no había tierra para todos y encontró una enorme extensión de prados en California. Tras registrarla como su propiedad, aún viviendo solo y sin casa construida, la nombraba para si mismo "su hogar". Era tal su emoción que Steinbeck escribe que cuando Joseph se encaminaba hacia su tierra:
"comenzó a sentirse asustado e incluso ansioso, como un joven que se escapa para acudir a una cita con una mujer hermosa y sabia". 
Para su sorpresa, Joseph descubrió que el propósito de asentarse le proporcionaba un inmenso placer porque era "su tierra"
 "Su afán de posesión se tornó pasión, -es mía- dijo exultante. Todo lo que hay debajo es mío, hasta el centro de la tierra."
La alegría de posesión le hizo tumbarse sobre la tierra: "Por un instante había sido su esposa". Y pensó que debía buscar una. Y la encontró, una mujer guapa y culta, que buscaba entender el extraño lazo que su marido estrechaba con la naturaleza. Pero nunca fue tan fuerte el amor de Joseph por su mujer como por el pedazo de tierra que era suyo.

Su padre murió y sus hermanos se fueron a vivir con él, pues había mucho espacio y trabajo para todos. Joseph construyó su casa cerca de un roble y  este roble se convirtió para él en receptor del espíritu de su padre y en protector de su finca. Burton, el hermano que seguía las reglas del protestantismo al dedillo, no veía con buenos ojos que Joseph hablará con el árbol. Este lo hacía con disimulo, pero todos se dieron cuenta del trato especial que le daba al roble. Y así, cada día, el apego a su tierra aumentaba, sentía que él mismo formaba parte de ella, que tenía la obligación de cuidarla, que el objetivo de su vida estaba en ello: "Sólo trato de ayudar a la tierra" le dijo Joseph a su cuñada.

Es la tierra que le pertenecía y lo que en ella crecía, y lo que estaba debajo de ella, la que convirtió en su destino. No sufría tanto por las vacas que se morían de sed y de hambre, como por el espectáculo de la degradación de su tierra debido a la ausencia continuada de lluvia. No podía alejarse de ella para salvar al rebaño, se sentía atado a ella, era su guardián. Para Joseph no había habido elección, ese vínculo le había sobrevenido y lo aceptaba íntegramente, como si fuera lo que tenía que sucederle, tan natural como lo que le rodeaba.

Esta relación tan especial de Joseph con la tierra es el argumento de la novela. Steinbeck construye el carácter de un hombre blanco, que se impregna, sin darse cuenta, de creencias espirituales que "flotan" en el ambiente: son restos de historias y de prácticas indianas. Se cuentan como anécdotas; los lugareños se refieren a ellas para justificar nombres, identificar lugares. Algunos creen en ellas, otros las escuchan como curiosidades. Eran numerosas las distintas tríbus indias que vivieron en el suroeste de Norteamérica y también son muchos los antropólogos que se interesaron en los ritos y creencias espirituales de estos indígenas. Se trataba de una cultura oral en la que se repetían las historias; los ancianos transmitían a los más jóvenes los mitos que consideraban valiosos y les señalaban su verdad mostrando elementos de la tierra, signos del cielo y otros comportamientos de la naturaleza.

Pero la novela de Steinbeck no se parece ni de cerca a un tratado de antropología, es el retrato literario de un hombre especial; no hay expresiones como "animismo", "tradición oral", "tabús", u otras. A un Dios desconocido es una obra de arte que, como decía Henry James, no tiene la finalidad de instruirnos sobre creencias mítico-religiosas. Pero eso no quita para que Steinbeck muestre estéticamente, por medio de los personajes, la confusión o heterogeneidad de los contenidos de conciencia de los lugareños, que mezclaban creencias de las religiones occidentales con mitos y ritos de los indios. Incluso la esposa de Joseph, que era maestra y conocía bien los dioses griegos y las hazañas que se cuentan en La Iliada, fue insensible al ambiente espiritual que parecía tocar los espacios. Ella padeció la fuerza de un lugar, un claro del bosque en cuyo centro una gran roca cubierta de musgo parecía alzarse con un poder especial, según una leyenda de los ancianos indios que allí se reunían. Había que ser como Burton para no respirar en la naturaleza lo que quedaba de las antiguas costumbres.

Burton veía a Joseph como un sacrílego, y no sólo porque le susurraba al árbol, sino también porque consintió hacer una fiesta con una ceremonia católica. Burton era dogmático, su fe era también su bandera y no contemplaba la posibilidad de que existiese otra manera de entender el orden en el mundo. Joseph no tenía ningún interés en convencer a otros, al principio se daba cuenta de que su creencia en la presencia del espíritu de su padre en el árbol era muy atípica y lo convirtió en su secreto. La palabra Dios no entraba en los pensamientos de Joseph, su fe era el amor a su tierra. Lo más importante era el suelo, que consideraba el cuerpo vivo en el que corría el agua, y cuya vida se expresaba en los sustancias vegetales cuyas formas adquirían una sensualidad que le sobrecogían. Desde el inicio de su nueva vida en su propiedad, Steinbeck escribe que Joseph:
"Se sentía abrumado y medio hechizado por el bosque de Nuestra Señora. Había una curiosa femenidad en el entrelazado de las ramas y ramitas..."
La independencia de criterio y la fuerza de carácter de Joseph era respetada por los trabajadores de la finca y por los miembros de su familia. Él no tenía nada de predicador, actuaba como le mandaba su corazón, su carácter era tan fuerte como bondadoso. El padre Angelo intuyó en una ocasión que Joseph poseía los rasgos de un profeta, en eso era peligroso, pero no había temor, estaba solo y buscaba cada vez más el aislamiento. Y cuanto más sólo estaba, más se sentía unido a la tierra, más estaba poseído por ella hasta el punto de que terminó convencido de ser el elegido por ella para salvarla.


A un Dios desconocido es impactante. Las reflexiones a que puede dar lugar son tan variadas como sus lectores, señal de que es un relato muy interesante. Las preguntas que planteo a continuación no son las más interesantes, pero sí tienen buena dosis de extravagancia, sólo para mostrar hasta que punto esta novela pueden dar que hablar.

¿Y si es verdad que los lugares se llenan de presencias? Puede que si estamos rodeados de cemento, plástico y alquitrán nada se pegue a estos materiales, pero ¿y si algo quedase prendido del hombre, algo muy muy pequeñito, en otras sustancias naturales? ¿Y si la más moderna ciencia, de lo cuántico por ejemplo, descubre que el animismo tenía algún fundamento? Pueden que sean cuestiones ingenuas, pero es preferible la ingenuidad al refinamiento dogmático, o eso pienso yo después de leer esta novela.


sábado, 18 de julio de 2015

Un comentario sobre "la experiencia" en John Dewey



El término experiencia es usado para referirse a casi cualquier acontecimiento vivido, y es esclarecedor el análisis que hace John Dewey en su libro El arte como experiencia. La forma en la que utilizamos ese concepto no es tachada de errónea por el autor, se trata más bien de un uso no técnico, coloquial; pero el objetivo de John Dewey es establecer una teoría estética que se base en el concepto de "experiencia estética" y para ello investiga lo que es la experiencia y que significa "estética". Este análisis se encuentra en el capítulo 3 "Cómo se tiene una experiencia". Dewey aplica la lupa sobre este concepto; nos dice lo que distingue una experiencia de una percepción, nos convence de que una experiencia es un acontecimiento singular que nos hace captar el mundo y a nosotros mismos de una manera reflexiva o consciente. Una experiencia o la unidad compleja de percepciones significativas no puede ser la mera percepción de emociones o estímulos que reconocemos mecánicamente. Tampoco son esas percepciones nuevas en las que no nos detenemos porque hay mucho que percibir.

Para caracterizar lo que es una experiencia es interesante señalar lo que no lo es. Por ejemplo, se dice "me he quemado, he sufrido esa experiencia" son dos enunciados, como muchísimos otros, que no nos plantea ningún problema. Sin embargo, dice Dewey, quemarse no es una experiencia porque en ella "la acción y su consecuencia deben estar juntas en la percepción". Una experiencia está compuesta de percepciones que se enlazan dando un sentido global a lo vivido. En una experiencia hay un origen y un fin y sus partes tienen su propio sentido, pero sólo la articulación entre las percepciones y su significado unitario forman una experiencia.

No importa de que tipo es la experiencia, la llamemos experiencia emocional, intelectual, estética o moral. La calificación de la experiencia es posterior, y de hecho todas las experiencias están guiadas al menos por una emoción porque ésta es el motor de todas nuestras actividades. Un acto pasional no constituye una experiencia,  o más bien, dejarse llevar por la pasión no lo es; la experiencia consiste en la conciencia plena de lo vivido y cuando uno se abandona a la pasión no hay reflexión, estamos sometidos a ella, no hay propiamente expresión de la misma, hay desahogo. Pero expulsar una pasión no es expresarla, la expresión supone la toma de conciencia de lo que se quiere manifestar. Transformar el desahogo de una pasión en experiencia implica descomponer la pasión en unidades que se enlazan con objetos que le proporcionan sostén y la hacen visible, consiste en dar una estructura a los elementos que percibimos, que componen la pasión tal como la sentimos. 

Precisamente porque una experiencia tiene forma, sus componentes están articulados de una manera coherente, en ella no hay vacíos sino percepciones estructuradas de las que emergen un significado. Dewey afirma que cualquier experiencia tiene una cualidad estética, esta reside precisamente en la transmisión "honesta" y fiel de una actividad. La marca estética acompaña a cualquier experiencia: si esa cualidad no existe significa que no hay estructura ni fin, no hay experiencia "verdadera" sino una "sucesión desatada" de momentos que no llevan a ningún fin, que simplemente cesan.

El uso del vocablo "estético" no se refiere todavía al sustantivo "estética", no juega el papel de calificativo de una obra artística. La terminación de una experiencia, de cualquier tipo, si es ordenada y armoniosa, posee la cualidad estética de manera intrínseca. La conclusión de una investigación científica, la lectura de una novela o una pintura poseen la marca estética si no son fallidas. John Dewey pretende mostrar así que la estética como disciplina tiene su fundamento en la manera de estar en el mundo del hombre. Insiste el autor en que la emoción, el pensamiento y la acción no son ámbitos cerrados; una experiencia puede ser calificada finalmente de emocional, o de intelectual, pero si es lo primero es también lo segundo pues las expresiones de las emociones requieren de la selección de las mejores palabras para traducirlas, y una investigación sesuda no puede llevarse a buen término sin alguna emoción que la sostiene.

La teoría estética elabora e interpreta la actitud y aptitud naturales del hombre en su contacto con un grupo de cosas que llamamos obras de arte. La estética, como disciplina, se sitúa del lado de la recepción mientras que el arte o teoría artística estudia los procesos y materiales creativos empleados por el creador. No son dos teorías, artística y estética, que puedan separarse del todo, afirma Dewey, pues el artista aprecia estéticamente su obra. Pero lo que importa señalar aquí es que la cualidad estética de una experiencia caracteriza cualquier experiencia y no un tipo de obra que cae bajo la denominación de artística. Y destaco este aspecto ya que conforme iba leyendo este capítulo me iba preguntando: ¿por qué la experiencia conlleva una cualidad estética y no ética? Por el mismo motivo por el que el autor atribuye una marca estética a la compleja unidad de una experiencia, podría verse en cualquier experiencia un señal básica de bondad, ya que el esfuerzo y la elaboración de una experiencia es buena en sí y no para otra cosa.

Esta posibilidad es sugerida por Dewey en esta afirmación:
"La identificación griega de la buena conducta con la conducta que tiene proporción, gracia y armonía, el kalon-agathon, es un ejemplo obvio de la cualidad estética característica en la acción moral. Un gran defecto de lo que se toma por moralidad es su cualidad no estética."
También hay una cierta bondad en la actividad artística y en la apreciación propiamente estética. Una bondad de carácter por parte del artista que lleva su pensamiento a respetar a la vez lo que quiere expresar con los materiales de que dispone con los cuales construye y su combinación. Dewey ha llamado "honestidad" al trabajo del artista, trabajo que culmina en una experiencia o en una obra que da muestra de ese carácter. Una experiencia que no es deformada, que está atenta a todas las partes, a la unión de ellas para que el resultado final tenga un sentido, su propio y exclusivo sentido, es tachada de "buena" y lo bueno tiene una interpretación estética y también ética.

He utilizado el término "ético" más bien que "moral" de manera informal, pero hay razones de esta preferencia, son variadas y están relacionadas. El primer concepto casa mejor por su etimología con "estético" que el segundo; si "estético" suena a sensación y sensibilidad, lo "ético" tiene una referencia al carácter personal mientras que la moral está más relacionada con el concepto del deber. Además, el sentido de la palabra "ética" que tendría la misma función de cualidad de cualquier experiencia verdadera que la palabra "estética" se relaciona directamente con "arete", excelencia en la acción y en el juicio.

Hay belleza y esfuerzo loable en el escritor que quiere transmitir sus pensamientos y que utiliza las palabras que todos conocemos de modo que percibimos que no las emplea de modo mecánico, sino que gozamos de lo expresado y lo encontramos bueno porque reconocemos la autenticidad de lo dicho. Y es John Dewey quien lo dice con estas palabras:
"De hecho, puesto que las palabras se manipulan fácilmente de modo mecánico, la producción de una obra de arte genuina reclama probablemente más inteligencia que la que se denomina pensamiento entre aquellos que se jactan de ser 'intelectuales'."
Más acá de las experiencias de las obras de arte, están otras experiencias, las que nos ocurren a veces, cuando nos detenemos en el torbellino de las tareas. Reconocemos lo que mil veces hemos percibido, y un día nos paramos a mirarlo. Entonces es cuando reconstruimos, analizamos las partes, y en cada paso ponemos nuestro pensamiento, con afecto: es una experiencia. Con las marcas de lo bello y lo bueno incluidas.